El segundo año también fue víctima de un robo de otra billetera de cuero, con documentos y tarjetas. Hace un año que fue a la procesión del Viernes Santo, Santo Sepulcro. El enorme y luminoso ataúd, apesadumbrado caminaban los feligreses. La banda de músicos lo hacia más triste. Mateo guardó la cartera entre la correa y su notoria barriga, a un costado del ombligo.
Acompañaron una eterna cuadra, con la lentitud de la esperanza del pobre. Mujer del brazo, primero, y luego adelante cuando al oido su mujer le dijo que había sentido un manoseo entre las piernas . Allí nomás fue que sintió que por dentro del pantalón caía algo. Apretujado e incómodo intentó sostenerlo. Las mujeres de adelante y la pareja de atrás no podían evitar el remolino lento y soporifero. Intentó voltear, imposible. Todos rezaban y murmuraban. El resto los arrastró un poco y luego salieron. A quién echar la culpa. Atrás quedaron viendo el mar humano con su lento caminar.
El tercero y último año regresó para "atraparlo" y no le robaron. Llevó a su hijo, su yerno, un amigo fortachón y advirtió a un policía de la plaza para que no lo perdiera de vista, "por estas temporadas la delincuencia crece", dijo y grabó en su celular algunas imágenes.
Había mucha gente, gente con fe, y muchachas con sus parejas, con amigos. Y la cucufatería que no falta. Pero...No le robaron.
Comieron anticuchos, dulces, fueron al cerro San Cristóbal y luego a casa, rieron duro y se burló de lo que le haría al ratero de encontrárselo.
Llegó a casa, abrió la puerta y prendió las luces. En fila, admirados se detuvieron. No estaban los artefactos que estaban a la vista y a la mano, y el alboroto era visible. Sólo el gato Maik el atrazador, se estiró al verlos. !Ah!, y encontró el silencio y sus billeteras con todo sus documentos sobre la mesa del comedor.
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